¿Por qué convencen los relojes Durcal?

Solo hay que buscar en Internet “reloj durcal opinionespara darnos cuenta de que estamos ante un producto que gusta y que convence. Pero ¿qué es lo que hace que tenga tantas buenas críticas? Pues son varias las características que hacen que estos relojes se hayan convertido en un apoyo imprescindible para muchas familias y en ese aliado que permite que muchos mayores puedan seguir llevando una vida independiente.

Para muchas personas mayores, es una tranquilidad saber que el reloj funciona tanto si están dentro de su casa como si están paseando. Al contrario que los botones de algunos de sus conocidos que solo están activos cuando están en su hogar, el reloj tiene internet y por tanto funciona de manera independiente del internet del hogar. Ni siquiera hace falta tenerlo. Así, saben que si se encuentran mal en la calle o se caen, contarán con esa ayuda y no tendrán que preocuparse por si alguien los ve.

Para las familias que conviven con personas mayores es una seguridad extra saber que cuando se van a trabajar o a realizar cualquier actividad, la persona no queda sin supervisión. Y que si algo pasa, tendrán información al momento al ser la persona de referencia. Esto hace que puedan hacer su vida diaria sin preocupaciones o sustos, como llamar al mayor y ver que no contesta y no saber si algo ha sucedido o si, simplemente, no escucha el teléfono o lo ha dejado en casa.

Muchos están encantados con la App porque les permite saber en dónde está la persona en todo momento, lo que hace que sea muy fácil localizarla si se aleja del lugar a dónde tiene que ir porque, por lo que sea, se ha desorientado. Esto también es una tranquilidad para el mayor, que sabe que pulsando un botón tendrá ayuda si se encuentra mal y de pronto no sabe muy bien en lugar en el que está.

Por último, algo que encanta a todo el mundo es que el reloj es muy discreto. Nadie tiene que saber que es otra cosa más allá del reloj. Algo importante para estas personas mayores más coquetas que no quieren que nadie crea que necesitan ayuda extra porque eso es de gente de más edad de la que ellos o ellas, van a reconocer jamás que tengan. Y, por supuesto, tienen todo el derecho del mundo a tener sus secretos.

Cómo funciona el acceso y la gestión de visitas

El vestíbulo de cualquier edificio corporativo es un teatro con guión propio: recepcionistas que no pierden la sonrisa, visitantes que miran el techo buscando el número de la planta y un puñado de torniquetes que, si pudieran hablar, pedirían unas vacaciones. En esa coreografía cotidiana, la diferencia entre el caos y la fluidez se decide en milésimas de segundo, cuando una invitación digital abre una puerta o un papel arrugado frena a una fila entera. En ese escenario, las empresas que apuestan por soluciones modernas saben que no basta con un mostrador bonito; el verdadero secreto está en la capa invisible: la orquestación de identidades, permisos y tiempos, donde decisiones como incorporar procesos estandarizados o impulsar programas de talento —incluida la dinamización de modelos como la Contratación Orpagu— reducen fricciones y elevan la experiencia del visitante desde el primer clic.

En la práctica, todo empieza antes de que alguien cruce la entrada. Un anfitrión registra a su invitado en la plataforma, asigna fecha y franja horaria, añade requisitos de seguridad —desde el uso de EPI en áreas industriales hasta la verificación previa de antecedentes cuando la normativa lo exige— y envía una credencial efímera con código QR. La invitación incluye indicaciones de llegada, políticas de privacidad y, si hace falta, un acuerdo de confidencialidad por firma digital. Al invitado le toma lo que dura un sorbo de café completar el precheck-in en el móvil. Resultado: menos colas, más control y un arranque de visita que no depende de un bolígrafo encadenado al mostrador.

Al llegar, el control de identidad puede combinarse con varias capas: lectura de QR, validación documental, fotografía para el gafete, o biometría si la política interna lo contempla. Lejos de ser un muro, la recepción se convierte en un filtro inteligente que ajusta el nivel de exigencia al contexto. Un proveedor que va al almacén no debería pasar el mismo proceso que una auditora en zonas críticas, y un cliente recurrente con antecedentes impecables no necesita redescubrir la rueda cada martes. Esa granularidad, bien configurada, eleva la seguridad sin convertir la experiencia de acceso en una gincana.

La magia operativa está en la integración. Cuando el sistema conversa con la suite de correo y calendario, la reserva de salas, el directorio corporativo y, en entornos avanzados, los controles físicos del edificio, se eliminan pasos redundantes. Si la reunión cambia de hora, la credencial se ajusta sola. Si el anfitrión cancela, el pase muere al instante. Y si la compañía utiliza identidades federadas con SSO, el personal no necesita otro usuario y contraseña para hacer lo obvio: invitar, autorizar y recibir. Menos fricción para los equipos, más coherencia para auditorías internas.

La dimensión de cumplimiento normativo merece un capítulo propio. El Reglamento General de Protección de Datos no es una nota a pie de página, sino la columna vertebral del tratamiento de información personal. Consentimiento explícito para la toma de datos, información clara sobre plazos de conservación, minimización de los campos solicitados y posibilidad de anonimización a partir de un umbral temporal son prácticas que deberían venir de serie. Además, los registros de acceso —quién entró, cuándo, a qué zona y con qué autorización— necesitan cadena de custodia y trazabilidad para resistir inspecciones. Hacerlo bien evita dolores de cabeza y transmite confianza a visitantes y plantilla.

No todo es cumplimiento y acero inoxidable. También hay experiencia de marca. El recibimiento empieza con la invitación: tono, diseño, instrucciones útiles y un mapa que no parezca el tesoro de un pirata. En el vestíbulo, una señalética clara y un kiosco de auto acreditación que responda rápido son más elocuentes que cualquier discurso motivacional. El toque humano sigue siendo insustituible: una mirada que saluda, una indicación precisa, la capacidad de resolver el imprevisto con criterio. La tecnología es el esqueleto; la gente, el músculo.

Detrás de ese telón tecnológico viven los datos, y ahí se cuece el siguiente salto de calidad. Métricas como tiempos de espera, picos de llegadas, áreas más transitadas o ratios de denegación por credenciales caducadas permiten decisiones con enfoque quirúrgico. ¿Conviene abrir un punto extra de validación entre las 8:30 y las 9:30? ¿El proceso de proveedores los lunes está sobredimensionado? ¿La inducción de seguridad previa a la obra se entiende de verdad o es un trámite que se repite en ventanilla? Con visualizaciones sencillas, los responsables de facilities y seguridad dejan de gestionar por intuición para hacerlo por evidencia.

El capítulo de respuesta ante emergencias se cataloga a veces como “ya veremos”, hasta que un simulacro desnudó el sistema: ¿disponemos de listas en tiempo real de quién está dentro del edificio y en qué zonas? ¿Podemos emitir un aviso segmentado a visitantes y anfitriones? ¿Hay muster points digitales para confirmar asistencia en el punto de encuentro? Cuando la plataforma se conecta con control de aforo y puertas inteligentes, la evacuación deja de ser un sudoku con megáfono y se convierte en una coreografía ensayada. El humor sobra cuando hay humo; por eso la previsión técnica no es un lujo, es un salvavidas.

En industrias con altos requerimientos —sanitario, energético, fintech— la validación previa de acreditaciones y cursos es clave. Permisos temporales anclados a competencias verificadas evitan que alguien acceda a una subestación sin el entrenamiento necesario o que una consultora interna descubra demasiado pronto el camino a la “sala de servidores”. Y cuando hablamos de proveedores y personal externo, las reglas de juego deben ser nítidas: quién puede invitar, qué zonas se habilitan, cuánto dura el pase y qué ocurre si el proyecto se alarga. La coherencia entre recursos humanos, compras y seguridad no se improvisa; se diseña.

Hay un ángulo menos glamuroso pero demoledor: el coste de oportunidad. Cada minuto que un visitante espera, otro empleado acompaña y un vigilante revalida es dinero que se evapora. Multiplique por días, turnos y sedes; la cifra se vuelve una fábula con moraleja. Con un flujo afinado, las empresas reportan una reducción drástica de cuellos de botella y, mejor aún, una imagen profesional que se percibe desde la puerta. Si además el sistema permite escalabilidad por sedes, idiomas y perfiles, la expansión deja de ser una colección de apaños y se convierte en un modelo replicable.

La resistencia al cambio, por cierto, es tan humana como el café del lunes. Nadie quiere otra herramienta si huele a manual interminable. El antídoto es empático: formación centrada en tareas reales, habilitadores como plantillas de invitación, políticas que premien el cumplimiento y una comunicación que explique el porqué con claridad. Cuando el personal descubre que, con dos clics, puede invitar, autorizar y recibir sin levantarse de su mesa —y que el visitante llega directo a la sala sin peregrinar entre pasillos—, el escepticismo pierde fuelle.

Queda la gran pregunta: ¿todo esto es solo para multinacionales? La respuesta cabe en un torno: la modularidad lo hace rentable también para pymes, coworkings y centros educativos. Empezar con lo esencial —pre-registro, credenciales temporales, control básico de zonas— y crecer hacia integraciones más sofisticadas es una ruta común. La clave está en elegir una solución que no te encierre en su capricho, sino que dialogue con lo que ya existe. Nadie necesita una torre de Babel digital en el lobby; lo que se necesita es una bienvenida que funcione siempre, con lluvia o con sol, con picos de visitas o en días tranquilos, y que convierta la anécdota del bolígrafo encadenado en una pieza de museo corporativo.

Cómo elegir una joya que dure toda la vida

Olvídese del flechazo que provocan los focos de un escaparate: las piezas que resisten décadas no solo brillan, también hablan. Dicen cosas sobre la calidad del metal, sobre el carácter de quien la lleva, sobre cuánto mimo pone el artesano en cada soldadura. Por eso, cuando uno se plantea seriamente comprar anillos joyeria, conviene mirar más allá del destello inmediato y afinar el oído. Las joyas cuentan su historia a través de detalles minúsculos: una marca grabada en el interior, una garra bien perfilada, un bisel que abraza la piedra como un traje a medida.

El primer capítulo de esa historia suele estar escrito en el metal. El oro no es todo igual: 18 quilates significa mayor pureza y, por tanto, mejor resistencia al paso del tiempo frente al oro de 14 quilates, que es algo más duro pero menos noble en porcentaje. El platino presume de dureza y de una pátina que envejece con elegancia, algo así como esas chaquetas que se ven mejor cuanto más se usan. La plata esterlina puede ser una magnífica puerta de entrada, pero exige un poco más de atención para mantener su color y evitar la oxidación. Detrás de cada aleación hay un equilibrio entre belleza, durabilidad y mantenimiento; encontrar el propio implica preguntarse si se quiere una pieza para todos los días o para ocasiones señaladas, si se convive con cremalleras y teclados o con copas y veladas.

Después está el universo de las piedras, territorio donde conviene abrazar el lado científico sin perder la poesía. La famosa escala de Mohs no es una ocurrencia de geólogos ociosos, sino una guía práctica: los diamantes son duros como el silencio de un lunes, los zafiros y los rubíes soportan el trote diario con dignidad, y las esmeraldas, bellísimas, piden trato delicado y monturas protectoras. No se trata de prohibir, sino de elegir con conocimiento: una esmeralda en engaste cerrado es una princesa con guardaespaldas; un zafiro en garras robustas es un maratonista con buenas zapatillas. Y, a falta de lupa profesional, una luz blanca y tranquila es la mejor aliada para descubrir si ese azul le habla a sus ojos o se limita a saludar.

El engaste, justamente, es el arnés de seguridad de la gema y el termómetro de la artesanía. Las garras demasiado finas se ven delicadas, pero se doblan al primer golpe de cartera; las garras gruesas y torpes protegen, sí, pero opacan la piedra y la mirada. El bisel completo abraza y protege, perfecto para manos inquietas o anillos que verán teclados a diario. Mejor aún si los cantos están pulidos, si no hay aristas que arañen una bufanda y si debajo de la piedra el trabajo es limpio, sin rebabas ni soldaduras sospechosas. Es en la cara oculta de la joya donde se esconde el oficio, igual que en los zapatos el cosido interior dice más que el brillo de la puntera.

La autenticidad también tiene su firma, y no es romántica sino legal: contrastes, punzones, certificados. Un sello de 750 indica oro de 18 quilates; un 950 sugiere platino que se toma en serio su reputación. En gemas, no todo papel es igual: instituciones como GIA, HRD o IGI emiten informes que, aunque no hacen más grande ni más pequeña la piedra, le dan un nombre, un peso y una biografía verificables. Si el vendedor se encoge de hombros ante estas siglas, que no cunda el pánico, pero sí la curiosidad; preguntar es gratis y, en joyería, suele ser la linterna que disipa las sombras.

La conversación ética no es un adorno para tiempos modernos, es una parte esencial de la decisión. Metales reciclados que reducen la huella, diamantes trazables, piedras de laboratorio que ofrecen brillo sin remordimientos. La belleza no tiene por qué cargar con un equipaje pesado, y cada vez más talleres pueden contar de dónde viene lo que venden, cómo se ha extraído y quién ha puesto las manos en ello. La transparencia ilumina incluso más que un buen pulido, y, de paso, le permite a uno llevar la pieza con la tranquilidad que no se compra con ninguna lupa.

En cuanto al diseño, la palabra “atemporal” suele entenderse como sinónimo de aburrido, y no es justo. La atemporalidad no es una camisa blanca sin gracia, es una línea que sobrevive a las modas sin pedir disculpas. Piense en proporciones que dialoguen con su mano, en volúmenes que no peleen con su estilo, en detalles que tengan sentido hoy y dentro de veinte años. La moda se divierte con lo XXL y con lo micro; usted decide si quiere una pieza que haga titulares una temporada o un clásico que, sin gritar, se convierta en herencia. Y si surge la tentación de la extravagancia, que sea calculada: una gema de color intenso en un diseño sobrio suele envejecer mejor que un malabarismo formal difícil de combinar.

La prueba del algodón, sin embargo, no está en la vitrina, está en el cuerpo. Si se trata de un anillo, que el tallaje no sea un juego de adivinanzas; la comodidad es un indicador tan serio como cualquier informe gemológico. Un aro que muerde el dedo hoy morderá más mañana, y un aro que flota corre el riesgo de convertirse en personaje fugaz de una anécdota triste. Las superficies internas suavemente curvadas, las monturas que no enganchan, el equilibrio de peso que no ladea la mano cuando se escriben correos son señales inequívocas de que la pieza está pensada para vivir con usted y no solo para posar.

Hay además un actor silencioso en toda compra sensata: el servicio posventa. Las joyas eternas agradecen revisiones periódicas, reapriete de garras, limpieza profesional y, de cuando en cuando, un repulido que borre las pequeñas cicatrices de la vida cotidiana. Pregunte por garantías reales, por ajustes de talla incluidos, por políticas de mantenimiento y por la posibilidad de reparar en el mismo taller donde se creó la pieza. Un joyero que acompaña es mejor seguro que el que solo entrega una caja bonita con un lazo impecable.

El factor vendedor merece su propio brillo. Un establecimiento con buena reputación no es un capricho de snob, es una red de seguridad. La forma en que responden cuando algo no encaja, la claridad de sus explicaciones, la paciencia ante las preguntas que uno siente torpes, todo suma. El buen profesional no corre, acompaña; no empuja, orienta; y, si es necesario, sugiere esperar antes que precipitar una compra dudosa. En un mercado donde el brillo abunda, la confianza es el verdadero diamante raro.

También está la cuestión de asegurar y tasar, ese capítulo práctico que solemos posponer. Documentar la pieza, conservar facturas, tomar fotografías y considerar un seguro específico para joyas no es un ejercicio de paranoia, sino de sentido común. La tranquilidad de saber que su tesoro está protegido permite disfrutarlo sin esa sombra que arruina los placeres discretos, y, si un día decide vender o transformar, la tasación inicial se convierte en brújula y memoria.

Hay una última prueba, menos técnica pero igual de exigente: el espejo del futuro. Imagínese dentro de veinte años, o treinta, o cuando esa joya salte de un dedo a otro en la familia. Si la ve atravesando escenas distintas con el mismo aplomo, si la pieza encaja en momentos formales y en domingos sin guión, si la sonrisa que provoca hoy es hermana de la que imagina mañana, entonces está frente a una compañera de largo recorrido. Las modas son conversaciones breves; lo que permanece es esa mezcla de honestidad material, buen oficio y diseño con carácter que no pide permiso para seguir gustando.

Asistencia inmediata cuando una cerradura falla

Los vecinos que a las tres de la mañana llaman a un cerrajero 24 horas Santiago de Compostela no lo hacen por capricho; suele haber prisa, sueño acumulado y una cerradura con mal despertar. La escena es conocida en cualquier portal compostelano: llovizna fina, paraguas a medio cerrar, una llave que gira media vuelta y se planta como mula gallega. Entre bostezos y susurros para no despertar a medio edificio, aparece la furgoneta del profesional, con linterna, guantes y el temple frío de quien ha visto de todo. A veces, lo único que hace falta es una maniobra fina para liberar un resbalón atascado; otras, toca lidiar con cilindros envejecidos o con puertas que han decidido aferrarse al marco como si guardaran un secreto de estado.

El clima aquí tiene su firma en cada giro de llave. La humedad infla maderas, oxida piezas minúsculas y favorece que el polvo se convierta en una pasta sigilosa que entorpece el mecanismo. Es el cóctel perfecto para que una llave mal copiada o una ligera deformación conviertan un gesto mecánico en un rompecabezas nocturno. Por eso, cuando alguien con herramienta profesional aparece, no solo trae ganzúas y bombines; trae experiencia para distinguir en segundos si conviene intentar una apertura limpia o si lo más sensato es reemplazar componentes sin destrozar la puerta. La diferencia entre improvisar y saber se nota en el sonido: un clic discreto, un suspiro de alivio y el portal vuelve a la normalidad.

“Lo primero es escuchar a la cerradura”, comenta uno de esos técnicos con décadas de guardias a sus espaldas. No se refiere a misticismos; hay ruidos que delatan muelles cansados, palancas desalineadas o suciedad acumulada en el cilindro. A partir de ahí, cada maniobra cuenta, y conviene recordar que abrir sin daños es una habilidad, no un milagro. Quien ha pasado horas de entrenamiento con bombines de práctica no llega con un destornillador a lo loco, sino con métodos discretos que evitan factura extra en carpintería y, de paso, discusiones con la comunidad de vecinos.

La prisa, claro, es parte del guion. Nadie quiere quedarse en el rellano con zapatillas y abrigo a medio poner mientras el reloj avanza. Por eso la logística marca la diferencia: disponibilidad real, tiempos de llegada razonables y comunicación clara. Si el profesional te promete veinte minutos y aparece en cuarenta, lo mínimo es que lo explique; y si la espera se alarga por un operativo policial en la zona o por eventos en el centro, que lo diga. Un servicio de guardia es también un servicio de información. La transparencia tranquiliza tanto como saber que el trabajo se realizará sin daños.

El bolsillo también reclama su derecho. No es lo mismo un martes a las doce del mediodía que la madrugada del domingo, y hay recargos que son pura aritmética de turnos y desplazamientos. La clave está en saber de antemano cuánto costará la intervención y bajo qué condiciones. Los profesionales que merecen ese nombre suelen detallar el precio base, el suplemento nocturno y el coste de materiales en caso de cambio de cilindro o escudo. Un audio rápido por mensajería, un presupuesto orientativo y, si hace falta, una foto de la puerta para afinar. Sorprende lo mucho que se puede evitar cuando ambas partes comparten información antes de subir la escalera.

No todo son urgencias; también hay oportunidades. Muchas aperturas nocturnas terminan con un consejo que conviene escuchar: actualizar el cilindro a uno antibumping, instalar un escudo protector o revisar un alineado que viene dando guerra desde hace meses. Nadie quiere gastarse más, pero hay inversiones que ahorran disgustos. Un bombín moderno con certificación, bien combinado con un escudo que resista herramientas de ataque comunes, no solo frena a los amigos de lo ajeno; también funciona mejor en el día a día. Menos atascos, menos sustos, menos llamadas fuera de hora. Y si el portal es antiguo, una revisión de bisagras y cerraderos puede obrar pequeños milagros de precisión.

Hay un detalle que la experiencia enseña y rara vez se cuenta: la psicología del portazo. Cansancio, prisas o manos ocupadas favorecen que la puerta reciba un empujón innecesario, y cada golpe va dejando su huella. Desajustes milimétricos, marcas en el marco, pernos que ya no encuentran su casa a la primera. Un técnico con oficio lo detecta al tocar la manilla. De ahí que, a veces, el mejor consejo no sea tecnológico, sino cultural: tratar la puerta como lo que es, una pieza mecánica con tolerancias finas. Mimarla un poco reduce averías, y la comunidad lo agradece cuando a la mañana siguiente nadie tiene que llamar al presidente porque el portal no cierra.

La seguridad y la legalidad forman otro binomio indispensable. Cualquier profesional serio solicita una prueba de titularidad o autorización para intervenir en una vivienda o local; no es desconfianza, es protección frente a malos usos. Quien se irrita por ese control suele olvidar que el mismo rigor protege su casa cuando el que llama al técnico no es él. Además, la factura con datos claros y garantía por escrito no es papeleo: es tu salvavidas si algo no queda perfecto o si el cilindro presenta fallo de fábrica a las pocas semanas. En el sector, la reputación se construye con trabajos bien hechos y con respuestas a la altura cuando surgen imprevistos.

Las anécdotas dan para un libro. Desde el estudiante que juraba que “la llave se ha encogido” hasta el peregrino que, vencido por el cansancio, intentaba abrir el portal con la moneda del café, la ciudad reúne historias donde el humor y la paciencia son tan necesarios como el juego de picos. Entre carcajada y carcajada, queda la enseñanza práctica: prevenir, mantener y elegir bien a quién confías tu cerradura. En noches de lluvia fina o mañanas con prisa, esa elección se convierte en la diferencia entre una odisea de rellano y una anécdota simpática que no pasa del primer café del día.

Puertas interiores que transforman los espacios

¿Alguna vez se ha parado a pensar en ese elemento omnipresente de su hogar que, paradójicamente, a menudo pasa desapercibido? Hablamos de esas estructuras silenciosas que definen nuestros espacios, dictan el flujo de la vida diaria y, sin embargo, pocas veces reciben el crédito que merecen. Es un error garrafal, una injusticia estética que merece ser corregida, especialmente cuando uno considera la calidad y variedad de opciones disponibles, como las espléndidas puertas de interior Ferrol que están marcando tendencia en el noroeste peninsular y más allá. Lejos de ser meros tabiques con bisagras, estos guardianes de la intimidad y arquitectos del ambiente poseen un poder transformador que muy pocos elementos del diseño de interiores pueden igualar, capaces de convertir una simple habitación en un santuario personal o un pasillo monótono en una galería de estilo.

El secreto reside en entender que estos componentes son mucho más que un mero objeto funcional para separar estancias. Son lienzos en blanco, esculturas verticales que influyen directamente en la percepción de la luz, el tamaño de una habitación y, lo que es más importante, en la atmósfera general de un hogar. Un diseño acertado puede amplificar la luz natural, haciendo que un espacio pequeño parezca vasto y aireado, o puede añadir calidez y confort a una estancia que antes se sentía fría e impersonal. Piense en la diferencia entre una puerta maciza y oscura que absorbe la luz y una con paneles de cristal esmerilado que la distribuye suavemente, invitando a la claridad sin sacrificar la privacidad. La elección no es trivial; es una declaración de intenciones, un reflejo de la personalidad que se busca imprimir en cada rincón de la vivienda.

La diversidad de estilos y materiales disponibles en el mercado actual es abrumadora, y afortunadamente, para bien. Desde la sobriedad elegante del lacado blanco que tan bien se adapta a la decoración minimalista y nórdica, hasta la calidez atemporal de la madera natural en tonos roble, cerezo o nogal, cada material y acabado tiene su propia narrativa. No podemos olvidar la audacia de las opciones más contemporáneas, que incorporan elementos metálicos o incluso vidrios tintados, desafiando las convenciones y aportando un toque de vanguardia. Imagínese una puerta de diseño moderno, con líneas limpias y un sistema de apertura oculto, convirtiéndose en el punto focal de un salón, o unas puertas francesas que, al abrirse, fusionan el comedor con una terraza, extendiendo visualmente el espacio y permitiendo que la brisa veraniega dance libremente por la casa. Las posibilidades son tan vastas como la imaginación del diseñador –o del propietario– permita.

Pero no todo es estética, y aquí es donde entra en juego el aspecto práctico que a menudo subestimamos, hasta que la realidad nos da un coscorrón. Un buen aislamiento acústico, por ejemplo, es un tesoro incalculable en la vida moderna. ¿Quién no ha soñado con un oasis de paz donde los gritos de los niños, el ladrido del perro del vecino o esa interminable serie de televisión de la habitación contigua queden relegados a un murmullo lejano? La capacidad de una puerta para atenuar el ruido ambiente no es un lujo, sino una necesidad para la salud mental en muchos hogares. Además, su robustez y su correcta instalación contribuyen a la eficiencia energética del hogar, manteniendo el calor en invierno y el frescor en verano, lo que se traduce, no solo en un mayor confort, sino también en un alivio para la factura a fin de mes. Un buen cerramiento no solo aísla el sonido, sino que también sella térmicamente, un detalle que el bolsillo, y el planeta, agradecen.

Los detalles, esos pequeños héroes no reconocidos, son los que a menudo elevan una simple puerta a una obra de arte funcional. Los tiradores, bisagras y rosetones, aunque minúsculos en comparación con la estructura principal, son la joya de la corona que puede dictar el carácter final del conjunto. Un tirador de latón envejecido en una puerta clásica evoca nostalgia y elegancia, mientras que uno de acero inoxidable de líneas puras en un diseño moderno grita sofisticación. La elección de una bisagra oculta, por ejemplo, puede crear una superficie continua y limpia, casi invisible, que realza la sencillez de la decoración. Ignorar estos elementos es como preparar una cena gourmet y olvidarse de los condimentos: el resultado será aceptable, pero carecerá de ese toque mágico que lo hace inolvidable y digno de conversación. Es en la atención a estas minucias donde reside el verdadero arte del interiorismo.

La magia de la metamorfosis espacial se manifiesta de forma espectacular cuando consideramos las soluciones especiales. Las puertas correderas, por ejemplo, ya sean empotradas en la pared o de superficie, son maestras en el arte de liberar metros cuadrados, un bien tan preciado en las viviendas urbanas. Adiós a los inconvenientes del abatimiento; hola a la fluidez y a la sensación de amplitud. Las puertas pivotantes, por su parte, ofrecen una declaración audaz y artística, girando sobre un eje para crear una entrada grandiosa que se siente más como una escultura que como una simple división. Y qué decir de las puertas con celosías o paneles semitransparentes que permiten el paso de la luz mientras mantienen una sugerente intimidad, ideales para despachos o vestidores que no necesitan un cerramiento total pero sí una demarcación. Son soluciones ingeniosas que resuelven problemas prácticos con una elegancia innegable.

Así que, la próxima vez que pase por ese umbral que separa una estancia de otra, tómese un momento para apreciarlo. Más allá de su obvia función, piense en cómo podría transformarse, en cómo un cambio en su diseño o material podría revitalizar por completo el espacio que lo rodea. No es solo una barrera, sino una frontera que espera ser diseñada, una oportunidad para expresar el estilo y la funcionalidad que realmente necesita su hogar. Es una inversión en confort, en belleza y en la calidad de vida, un elemento fundamental para esculpir el ambiente deseado en cada rincón de su universo personal.

La falta de limpieza auditiva en perros, un problema para su salud

¿Sabías que el oído del perro puede detectar sonidos a más de diez kilómetros de distancia? Este sentido tan extraordinario sufre, sin embargo, un deterioro acelerado cuando la higiene es insuficiente y las infecciones y parásitos proliferan en el canal auditivo de estos animales. Al consultar a expertos veterinarios, se descubre que una limpieza semanal de oídos y orejas permite mantener a raya la otitis y otras patologías relacionadas. Asimismo, la aplicación regular de una Solución de limpieza de oidos de perros y gatos ayuda a eliminar la suciedad incrustada y el mal olor.

Descuidar la higiene auditiva del perro puede convertir sus orejas en un foco de parásitos y de bacterias. Los ácaros conocidos como Otodectes cynotis son los primeros en colonizar esta parte de su anatomía, lo que se manifiesta con la necesidad de rascarse y la aparición de heridas, resultado de la intensa picazón.

Si el perro pasa la mayor parte de su tiempo al aire libre, tenderá a acumular barro, briznas de hierba y otros restos de suciedad en el oído, lo cual es un caldo de cultivo propicio para los hongos y bacterias. Como consecuencia, surgen las otitis y otras infecciones bacterianas. Estas dan lugar a secreciones y olores desagradables tanto para la mascota como para sus dueños.

Una actitud negligente por parte de sus cuidadores acarrea, andando el tiempo, múltiples complicaciones para la salud canina. La más grave es sin duda la pérdida total o parcial de la audición en el oído afectado, sordera que en distintos grados afectará a la calidad de vida del perro.

Por otra parte, las enfermedades y problemas derivados de una mala higiene en el oído están relacionados con la descoordinación y la pérdida de motricidad (en los cánidos, como en los seres humanos, el equilibrio y el oído interno están conectados).

Renueva el corazón de tu hogar combinando diseño actual y máxima funcionalidad

Siempre he pensado que el salón no se decora, se vive. Es el espacio donde se acumulan las conversaciones importantes, las tardes de descanso y los pequeños rituales diarios que dan forma a una casa. Por eso, cuando empiezo a pensar en cómo transformarlo, no parto de tendencias pasajeras, sino de sensaciones. En esa búsqueda aparece pronto la idea de muebles de salón Fene, no como una etiqueta comercial, sino como una referencia a piezas pensadas para durar, adaptarse y acompañar la vida real sin exigir cuidados imposibles.

El reto es distinto según el tamaño del espacio, pero el objetivo es el mismo. En salones pequeños, cada elección cuenta el doble. Un mueble bien proporcionado puede liberar visualmente la estancia, hacerla parecer más amplia y ordenada sin perder capacidad de almacenaje. Me gusta trabajar con líneas limpias, materiales nobles y acabados que reflejen la luz de forma suave. La madera natural, por ejemplo, sigue siendo una apuesta segura porque envejece bien y aporta calidez sin esfuerzo, incluso en espacios reducidos.

En salones amplios, el planteamiento cambia, pero no la filosofía. Aquí el diseño debe ayudar a estructurar el espacio, a crear zonas diferenciadas sin levantar muros. Un mueble bajo bien elegido puede servir de eje visual, mientras que módulos más altos aportan presencia sin resultar pesados si se combinan con colores equilibrados. La clave está en no llenar por llenar, sino en dejar respirar el espacio para que resulte acogedor y funcional al mismo tiempo.

Las tendencias actuales apuntan hacia una mezcla inteligente entre lo contemporáneo y lo atemporal. Materiales duraderos, como maderas macizas o tableros de alta calidad, conviven con detalles modernos en metal o cristal. No se trata de seguir modas efímeras, sino de elegir piezas que dentro de diez años sigan teniendo sentido. El salón agradece esa coherencia, porque es el lugar donde más tiempo pasamos y donde el desgaste se nota antes.

Crear un ambiente acogedor va mucho más allá de colocar muebles bonitos. Tiene que ver con cómo interactúan entre sí, con la luz natural y con el uso diario. Un mueble bien diseñado no solo se mira, se utiliza con placer. Cajones que se deslizan sin ruido, superficies resistentes al uso continuo y proporciones pensadas para convivir con sofás, mesas y elementos decorativos sin competir entre ellos.

Hay algo muy gratificante en entrar en un salón y sentir que todo encaja. Que no hay nada de más, pero tampoco nada que falte. Esa sensación se construye con decisiones meditadas, con piezas que no buscan llamar la atención de forma agresiva, sino integrarse en la vida cotidiana. El diseño actual, cuando está bien entendido, no es frío ni distante, sino cercano y cómodo.

A menudo olvidamos que el salón evoluciona con nosotros. Cambian las rutinas, llegan nuevas personas, se van otras, y el espacio debe adaptarse sin necesidad de reinventarlo por completo cada pocos años. Por eso, apostar por muebles versátiles, bien fabricados y con un diseño honesto es una forma de cuidar la casa a largo plazo, creando un lugar donde siempre apetezca volver y quedarse un rato más, incluso cuando el día ha sido largo y lo único que se busca es un poco de calma doméstica.

El corte premium que redefine la experiencia carnívora

El humo de las parrillas se mezcla con la niebla atlántica y el eco de las gaitas callejeras mientras la ciudad se prepara para otra jornada voraz. Los camareros afinan su coreografía, los parrilleros calientan el hierro, y los peregrinos cambian la concha por el cuchillo, con una devoción que no admite herejías a la hora del punto. En el corazón de esta liturgia gastronómica, la conversación gira en torno a una pieza que ha conquistado cartas y corazones: un corte que pide fuego serio, respeto absoluto por la materia prima y una mesa dispuesta a escuchar el crujido de la grasa cuando besa la parrilla.

La procedencia ya no es una nota al pie, sino el primer titular: Galicia presume de entrecot de vaca en Santiago de Compostela como quien presume de catedral, y no es casual. Razas como la Rubia Gallega han convertido el paisaje en sabor; pastos verdes, lluvia obstinada y una crianza más lenta que firma cada fibra con carácter. En los cuartos de maduración en seco, esa paciencia se traduce en agua que se retira, aromas que se concentran y una textura que roza la mantequilla sin perder firmeza. El carnicero lo dice con media sonrisa y manos curtidas: el tiempo es un condimento que no se vende en sobres.

El espesor importa casi tanto como el origen. Un buen lomo bajo deshuesado que llega a la parrilla con tres dedos de altura no es capricho, es técnica. El calor intenso sella la superficie para atrapar jugos, y la ciencia, menos romántica pero muy útil, aconseja reposos cortos fuera del fuego para que las fibras se relajen. Mientras, el parrillero decide si va con carbón, encina o plancha de hierro fundido; cada opción deja su firma, como si el humo fuese tinta y la grasa, papel. Hay quien usa piedra caliente para que el comensal juegue a ser maestro del punto en la mesa, y hay quien defiende un pase limpio desde la cocina, con la seguridad del que conoce cada centímetro del hierro.

Conviene recordar la frontera amistosa que separa esta pieza de su primo con hueso. Donde el chuletón trae consigo la liturgia del asa y el hueso como bandera, aquí manda la elegancia de lo deshuesado, un corte que se adapta a ritmos urbanos sin perder un ápice de carácter. El salado es casi minimalista: copos escasos al final, quizá un golpe de salmuera previa si el cocinero es de escuela técnica, y ninguna salsa que disfrace lo que no necesita maquillaje. Quien pida pimienta verde o nata corre el riesgo de una mirada severa del experto de la casa, esa que dice “te lo perdono porque vienes cansado de caminar, pero no lo vuelvas a hacer”.

Los acompañamientos se comportan como buenos secundarios: pimientos de Padrón que juegan a la ruleta del picante, cachelos que absorben jugos como si fuesen notarios del sabor, y unas hojas verdes que recuerdan, con timidez, que existe la clorofila. El pan, crujiente y de miga seria, merece mención aparte, porque Galicia también escribe su historia en hogazas y no hay mejor pluma para recoger el jugo que se escapa del corte recién abierto. El primer bocado, a menudo, paraliza la conversación y abre esa pausa ritual en la que todos asienten sin mirar a nadie, como si hubiesen entendido de golpe un poema difícil.

Los vinos encienden debates. Quien busque frescura encuentra en un Mencía atlántico un aliado capaz de limpiar el paladar sin borrar matices. Los que prefieren estructura se lanzan a tintos con crianza que abrazan la grasa como una bufanda en día de lluvia. Y sí, habrá quien insista con un blanco de Godello o un Albariño, porque la acidez y la salinidad del mar también hacen buenos amigos en la mesa. En la trastienda de la copa, el sommelier juega al Tetris de los maridajes con una sonrisa satisfecha cuando el comensal descubre que el vino no tapa, sino que empuja el sabor hacia la orilla correcta.

Transparencia es la palabra que corre por la sala. Los locales que apuestan en serio muestran cámara de maduración y detallan origen, edad del animal y días de reposo. Saber si la pieza pasó por 30, 45 o más días de dry-age no es pedantería, es información que cambia la experiencia. También conviene preguntar por el gramaje, porque aquí no hay talla única: hay hambre de caminante, cena de celebración o almuerzo de negocios. Los precios reflejan la altura de la apuesta: no se está pagando sólo un corte, sino el camino entero hasta el plato, del prado a la brasa pasando por la paciencia del afinador. El bolsillo lo sabe, y el paladar lo agradece cuando la ecuación cierra.

La técnica del jueves no sirve igual para el sábado. Hay servicios que disparan calor constante con precisión de metrónomo, y otros que piden cintura, porque la mesa grande que llega sin reservar trae sus caprichos. Los parrilleros veteranos miden los tiempos por el tañido de las campanas, y cuando suena la Berenguela, alguno se permite girar la pieza con un gesto de baile breve, casi supersticioso. El humor circula entre platos: “Al punto gallego” significa jugoso, rosado y respetado; si alguien se aventura con muy hecho, la cocina cumple, pero luego ofrece postre con compasión.

Detrás de la postal hay una ética discreta. Muchas casas han apostado por proveedores cercanos, canales cortos y un uso inteligente de cada parte del animal que reduce desperdicios y mantiene el ciclo con dignidad. La maduración, de hecho, es una forma de dar valor a la experiencia sin caer en artificios. Y aunque el turismo empuja, el comensal local ejerce de juez severo: si el corte pierde carácter, lo dice; si se pasa de temperatura, no vuelve. Esta presión sana mantiene viva la competencia y eleva el listón, para beneficio de cualquiera que llegue con ganas y curiosidad.

Cuando cae la tarde y la plata del cielo compostelano se oscurece, las mesas siguen llenas y la conversación baja un tono, esa cadencia baja que sólo aparece cuando la satisfacción ya se instaló. Los últimos trozos se comparten como si fuesen confidencias, el pan recoge los recuerdos calientes del plato y las manos piden la copa final con un gesto breve. Afuera, las losas mojadas reflejan luces que parecen brasas dormidas, y uno entiende por qué hay ciudades donde un buen corte no es solo comida, sino una forma de mirar el mundo con la calma necesaria para saborearlo de verdad.

Un espacio seguro para trabajar tus emociones

Vivimos en una época fascinante, ¿verdad? Donde parece que todo está a un clic de distancia, desde pedir la cena hasta ver ese documental sobre la cría de pandas en cautiverio. Pero, curiosamente, cuando se trata de las complejidades internas, de ese torbellino de pensamientos y sensaciones que nos asaltan sin previo aviso, a menudo nos encontramos más perdidos que un pulpo en un garaje. Es como si hubiéramos dominado la tecnología externa, pero la ingeniería emocional interna sigue siendo un misterio insondable para muchos, un laberinto sin Minotauro, pero lleno de nuestras propias sombras. Este viaje interno, a veces tortuoso, a veces revelador, es una parte ineludible de la condición humana, y la forma en que lo navegamos puede marcar una diferencia abismal en nuestra calidad de vida, en la forma en que interactuamos con el mundo y, lo que es aún más importante, con nosotros mismos.

Es en esos momentos de perplejidad, cuando la madeja de nuestras preocupaciones parece no tener fin, que la ayuda de un profesional se vuelve un faro en la niebla. De hecho, encontrar el apoyo adecuado es crucial, y para quienes buscan un terapeuta en Narón, la oportunidad de desenredar esas madejas está más cerca de lo que imaginan. Con la vida acelerándose a un ritmo vertiginoso, las exigencias laborales y personales entrelazándose en una danza caótica, y la presión social por mantener una fachada de perfección inquebrantable, no es de extrañar que muchos de nosotros sintamos que estamos constantemente haciendo malabares con demasiadas pelotas a la vez, con el miedo constante de que alguna, o varias, se caigan al suelo con un estruendo. No se trata de ser débil; se trata de ser humano en un mundo que a menudo no está diseñado para nuestra tranquilidad mental.

Tendemos a pensar que debemos ser nuestros propios gurús emocionales, una especie de superhéroes con la capacidad innata de desentrañar cada nudo psíquico con una simple meditación o una taza de té de hierbas. Y, aunque estos recursos tienen su valor, a veces la profundidad de lo que nos inquieta requiere una perspectiva externa, una guía experta que nos ayude a ver los ángulos que, desde nuestra propia burbuja, nos son invisibles. Es como intentar arreglar el motor de tu coche con los ojos vendados; puedes tener las mejores intenciones, pero sin la luz adecuada y el conocimiento específico, lo más probable es que acabes creando más problemas de los que resolvías. La mente humana es un mecanismo extraordinariamente complejo, y negarse a buscar ayuda cuando el tablero de control emocional empieza a parpadear es como ignorar la luz de advertencia del motor: tarde o temprano, la avería será mayor.

Desmitificar la búsqueda de apoyo profesional es esencial. Durante demasiado tiempo, se ha estigmatizado la terapia como algo exclusivo para «casos extremos» o un lujo solo para unos pocos. Nada más lejos de la realidad. Es, en esencia, una inversión inteligente en uno mismo, un acto de amor propio tan fundamental como llevar una dieta equilibrada o hacer ejercicio regularmente. Imagina por un momento un lugar donde puedes despojarse de todas tus máscaras, donde las risas nerviosas y los «estoy bien» prefabricados no tienen cabida. Un sitio donde las verdades incómodas pueden ser expresadas sin miedo al juicio, donde las lágrimas son tan bienvenidas como las epifanías, y donde el silencio es tan elocuente como las palabras más sabias. Es una especie de gimnasio para la psique, donde ejercitas músculos emocionales que quizás no sabías que tenías, aprendiendo a levantar el peso de tus preocupaciones con una técnica más eficiente y menos dañina.

En este proceso, no se trata de que el profesional te dé las respuestas o te diga qué hacer con tu vida, como si fuera un oráculo infalible. Más bien, su rol es el de un facilitador, un espejo cualificado que te ayuda a verte con mayor claridad, a identificar patrones, a cuestionar creencias limitantes y a descubrir tus propias soluciones internas. Es un arte sutil de acompañamiento, donde la escucha activa y las preguntas oportunas abren puertas que quizás ni siquiera sabías que existían en tu propia mente. A menudo, el mero acto de verbalizar lo que nos agobia, de sacarlo de la oscuridad de nuestro pensamiento y ponerlo a la luz de una conversación con alguien ajeno, ya alivia una parte considerable de la carga. Es como vaciar una mochila pesada que llevábamos a cuestas sin darnos cuenta de lo mucho que nos frenaba.

El humor, por cierto, también juega un papel curioso en todo esto. A veces, la capacidad de reírse de uno mismo, de reconocer nuestras propias neurosis y rarezas con una pizca de ligereza, es un paso gigantesco hacia la aceptación. No significa trivializar el dolor, sino encontrar un resquicio de humanidad y resiliencia incluso en las situaciones más complejas. Poder decir, «Vaya, mira qué complicado soy a veces,» con una sonrisa, es un signo de progreso, de que estás empezando a reconciliarte con todas las facetas de tu ser, incluso aquellas que antes te avergonzaban o te causaban ansiedad. Este tipo de autoconocimiento, teñido de empatía y un poco de guasa, es increíblemente liberador y permite una perspectiva más equilibrada de los desafíos de la vida, convirtiendo los tropiezos en aprendizajes y las caídas en oportunidades para levantarse con una nueva estrategia.

Considerar la posibilidad de iniciar un proceso de autoexploración asistida no es rendirse; es armarse. Es reconocer que, aunque somos seres increíblemente capaces, a veces necesitamos un mapa mejorado o una linterna más potente para transitar los senderos menos transitados de nuestra psique. Es una invitación a dejar de luchar en silencio y a permitirse recibir el apoyo necesario para construir una vida más plena, consciente y auténtica, donde las emociones, en lugar de ser vistas como enemigas a suprimir, se transforman en valiosas mensajeras que nos ofrecen información crucial sobre nuestro mundo interior y nuestras necesidades más profundas.

Lomos de atún congelado: calidad premium del océano

En los últimos años, tanto profesionales de la gastronomía como consumidores exigentes han descubierto que Comprar lomo de atún congelado es una de las formas más fiables de disfrutar de un producto marino con calidad constante durante todo el año. De hecho, quienes desean acceder al mejor género para sus recetas saben que Comprar lomo de atún congelado garantiza frescura, seguridad alimentaria y un sabor excepcional que rivaliza –e incluso supera en algunas ocasiones– al del producto fresco. Este formato, lejos de ser una alternativa menor, se ha convertido en una elección premium dentro de la cocina contemporánea.

El lomo de atún congelado destaca principalmente por su calidad controlada. Debido a la creciente demanda mundial, la industria pesquera ha desarrollado técnicas de ultracongelación capaces de preservar el sabor, la textura y el valor nutricional del producto desde el momento mismo de su captura. En muchos casos, los lomos se procesan directamente a bordo, donde el atún se limpia, se divide en piezas y se congela a temperaturas extremadamente bajas, normalmente por debajo de los –40°C. Este proceso garantiza que el producto mantenga intactas sus propiedades incluso meses después, lo que proporciona una experiencia gastronómica superior y uniforme.

Una de las ventajas más importantes es la seguridad alimentaria. El consumo de pescado crudo o semicrudo, especialmente en elaboraciones como sushi, sashimi, tartar o tataki, exige un control riguroso sobre la presencia de parásitos como el anisakis. El lomo de atún congelado industrial se somete desde origen a procesos que eliminan este riesgo, lo que lo convierte en la alternativa más segura para chefs, restaurantes y aficionados a la cocina japonesa. La ultracongelación profesional cumple normativas sanitarias estrictas y asegura que el producto sea apto para todo tipo de preparaciones.

El sabor es otro de los factores que ha posicionado este producto como una opción premium. A diferencia del pescado fresco, que puede perder calidad debido al paso del tiempo, a la manipulación o a los cambios de temperatura durante el transporte, el lomo ultracongelado conserva su frescura original desde el primer momento. El resultado es una carne firme, jugosa y de color intenso, con un aroma limpio y un perfil de sabor equilibrado. Los chefs valoran especialmente esta consistencia, ya que les permite planificar compras sin depender de la disponibilidad variable del pescado fresco.

La versatilidad culinaria del lomo de atún congelado es otro de sus grandes atractivos. Su textura uniforme y su pureza de sabor lo convierten en un ingrediente perfecto para una amplia variedad de recetas. Desde cortes precisos para sushi hasta tatakis marcados a alta temperatura, pasando por brochetas, dados para wok, ceviches, poke bowls o incluso platos de cocina tradicional europea, este producto se adapta a cualquier estilo gastronómico. Su capacidad para mantener la estructura durante la descongelación permite un manejo profesional y resultados impecables en cocina.

El proceso de descongelación, aunque sencillo, es clave para obtener la mejor experiencia posible. La forma ideal es hacerlo de manera lenta y controlada dentro del frigorífico, evitando choques térmicos y preservando al máximo la textura. Este cuidado detalle permite que el producto recupere prácticamente su estado original, ofreciendo un resultado superior tanto en crudo como en elaboraciones al punto.

Además de su calidad culinaria, el lomo de atún congelado también destaca por su aporte nutricional. El atún es una de las fuentes de proteínas más completas, con un perfil de aminoácidos excelente y un bajo contenido en grasas saturadas. Contiene grasas saludables, especialmente omega-3, fundamentales para la salud cardiovascular, cerebral y muscular. También aporta vitaminas del grupo B, vitamina D, hierro, selenio y otros minerales esenciales. Su inclusión en la dieta es ideal tanto para deportistas como para personas que buscan una alimentación equilibrada y rica en nutrientes de alta biodisponibilidad.

La sostenibilidad desempeña un papel central en la elección del atún ultracongelado. Muchas de las empresas que comercializan este producto trabajan con certificaciones que garantizan prácticas de pesca responsable, como la reducción de capturas accidentales, la protección de especies vulnerables y la trazabilidad completa desde el barco hasta el consumidor. Optar por proveedores responsables ayuda a proteger los ecosistemas marinos y a asegurar la disponibilidad futura del recurso.

El lomo de atún congelado también ofrece ventajas logísticas significativas. Al no depender estrictamente de la temporalidad ni del transporte diario, permite planificar compras, reducir desperdicios y asegurar stock continuo incluso en momentos de alta demanda. Para restaurantes y negocios de hostelería, esto supone un ahorro considerable y una mayor capacidad para gestionar menús sin imprevistos. En hogares, facilita disponer de un producto premium siempre listo para preparar sin necesidad de acudir constantemente al mercado.

La relación calidad-precio también es uno de los motivos por los que este producto se ha consolidado como una elección estratégica. El consumidor obtiene un pescado de calidad superior, con un control sanitario impecable y con la posibilidad de utilizar exactamente la cantidad necesaria sin pérdidas. Esto se traduce en una experiencia gastronómica más accesible y coherente.

En definitiva, los lomos de atún congelado representan una combinación perfecta entre tradición pesquera, tecnología moderna y excelencia culinaria. Su calidad constante, su seguridad, su versatilidad y su sabor intenso lo han convertido en un imprescindible tanto en cocinas profesionales como en hogares gastronómicamente exigentes.

Quienes apuestan por este formato saben que están llevando a su mesa lo mejor del océano. Un producto premium, cuidado desde el origen y pensado para disfrutar sin complicaciones. Porque la excelencia del mar también se puede congelar… y, afortunadamente, conservar en su máxima expresión.

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