Además del trasplante capilar y la terapia con láser, la pérdida de cabello encuentra una solución en fármacos orales como el minoxidil, la finasteride o la dutasterida. Aunque no son fórmulas milagrosas, presentan una tasa de éxito relativamente alta, lo que sumado al precio económico y su carácter no invasivo, justifican su demanda en tratamientos alopecia.
En general, la medicación vía oral contra la calvicie busca estimular el flujo sanguíneo en el cuero cabelludo, mejorando con ello el aporte de oxígeno y de nutrientes esenciales para la densidad, fuerza y resistencia de los capilares.
En concreto, el minoxidil se emplea desde los años setenta para el tratamiento de los síntomas de diversos tipos de alopecia (areata, androgenética, nerviosa, por tracción, etcétera). Su principio activo es un derivado de la piperidina, compuesto que favorece la absorción del potasio y otros nutrientes. Se prescribe en dosis bajas a hombres y mujeres.
Por su parte, la finasteride ha demostrado su utilidad en las fases tempranas de la alopecia masculina, sobre todo en la coronilla y la zona central. Se basa en el principio activo del mismo nombre que actúa como inhibidor de los altos niveles de la dihidrotestosterona (DHT), una hormona masculina. Como la minoxidil, está disponible en versión tópica.
Para aliviar y revertir los síntomas de la alopecia femenina, la espironolactona es un medicamento recomendado por su capacidad para bloquear los andrógenos. Está indicado para la pérdida de densidad en áreas concretas del cabello típica de la alopecia con patrón femenino (FPHL). Es un fármaco diurético, a diferencia de minoxidil, que actúan como vasodilatador.
Respecto a la dutasterida, se trata de un inhibidor de las 5-alfa reductasas. Se emplea para aumentar la densidad capilar y prevenir la miniaturización de los folículos. Sus resultados se manifiestan a partir de los cinco o seis meses del inicio del tratamiento.