Las calderas de gas permanecen encendidas una media de tres a seis horas al día en invierno, pero con la llegada del buen tiempo, su uso se abandona progresivamente hasta interrumpirse entre junio y septiembre. Este hábito de consumo, en principio inofensivo, es del todo desaconsejable. Según los instaladores y técnicos en mantenimiento caldera en Sanxenxo, mantener apagada la calefacción durante meses enteros incrementa el riesgo de sufrir averías mecánicas y problemas de rendimiento.
¿Es recomendable, por tanto, activar la caldera de gas con regularidad, aun sin necesitarla realmente? La respuesta es afirmativa. Se trata de una práctica simple que tiene un impacto muy positivo en el funcionamiento y la vida útil del sistema.
En particular, diez o veinte minutos al mes son suficientes para evitar el deterioro de los componentes internos de la caldera. Este sencillo gesto ayuda a prevenir, por ejemplo, bloqueos en la bomba de agua, un fenómeno habitual cuando el dispositivo está en desuso durante demasiado tiempo.
Asimismo, la temida corrosión por la acumulación de carbonato de calcio puede combatirse con el encendido periódico de la calefacción. En funcionamiento, la circulación del agua en sí arrastra los residuos, impidiendo que se adhieran a los conductos y otras superficies.
Por otra parte, activar la caldera durante unos minutos cada mes es suficiente para preservar las válvulas y sus accesorios mecánicos. Ocurre que el agua estancada contiene oxígeno desencadena la oxidación de estos elementos, sin mencionar el impacto de las impurezas (cal, lodos, etcétera).
Sin embargo, mantener apagada la caldera durante meses es peccata minuta en comparación con otras malas prácticas. Por ejemplo, olvidarse de purgar el aire del circuito de los radiadores o subestimar las advertencias de presión alta de la calefacción, entre otras. Todo suma y repercute en la durabilidad y el rendimiento de la caldera.