Hacía meses que en nuestro grupo de amigos rondaba la idea de escaparnos un día entero sin teléfonos, sin prisas y sin planes milimetrados. La rutina laboral y los compromisos de cada uno suelen complicar las quedadas, pero en cuanto alguien lanzó al grupo de mensajería la propuesta de visitar las islas ons un sábado de verano, el consenso fue unánime. Para nosotros, Ons siempre ha tenido un carácter muy distinto al de otras islas de la ría: conserva ese aire agreste, marinero y habitado, donde la naturaleza no es solo un decorado protegido, sino una forma de vida que te abraza nada más poner un pie en tierra.
Nos encontramos temprano en el puerto de Bueu con las mochilas cargadas de toallas, crema solar y buen calzado. Subir a la cubierta del barco entre risas, mientras el patrón soltaba amarras y la proa enfilaba la bocana de la ría de Pontevedra, supuso el corte definitivo con la semana. El trayecto por mar es el prólogo perfecto: sentir el aire fresco salpicando en la cara y ver cómo la silueta alargada de Ons va ganando relieve frente a nosotros tiene un efecto terapéutico instantáneo.
Al desembarcar en el muelle de As Dornas, el ritual comenzó como siempre: antes de buscar playa, tocaba caminar. Emprendimos la ruta hacia el faro y la impresionante furna do Buraco do Inferno, ese tajo vertiginoso en la roca donde el Atlántico ruge en las profundidades con un eco sobrecogedor. Caminar en fila india por los senderos de tierra, entre tojos, zarzas y muros de piedra seca, bromeando sobre quién estaba más bajo de forma en las cuestas empinadas, nos devolvió a la complicidad de las excursiones de juventud. La recompensa desde lo alto, con la inmensidad del océano abierto a un lado y la ría serena al otro, nos dejó a todos en silencio durante unos minutos, contemplando el vuelo de los cormoranes sobre los acantilados.
A mediodía bajamos hacia O Curro con el apetito desatado. Si algo define la experiencia de ir a Ons con amigos es sentarse sin mirar el reloj alrededor de una mesa de madera en una de las casas de comidas de la aldea. Pedir una fuente humeante de pulpo á caldeirada, bañado en esa salsa densa de pimentón, cebolla pochada y patatas de la tierra con sabor a lumbre, acompañado de una jarra de vino blanco frío, fue una auténtica celebración colectiva. Esas sobremesas ruidosas, donde se cruzan las anécdotas compartidas y las carcajadas espontáneas, son el verdadero corazón del viaje.
La tarde transcurrió con la lentitud bendita de la playa de Area dos Cans, alternando baños rápidos en un agua gélida y transparente que cortaba la respiración con siestas al sol sobre la arena. Esperar el último barco en el pantalán, con la piel tirante por el salitre, el cansancio noble en las piernas y el atardecer tiñendo la ría de cobre, nos dejó a todos con la misma certeza: visitar Ons con los de siempre no es solo una excursión de fin de semana, sino un refugio compartido donde el tiempo vuelve a pertenecerte por completo.